| La guerra roja - Página 5 |
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El trámite fue rápido y la orden de contraataque no se hizo esperar. El escuadrón real reagrupó sus fuerzas en la base de los túneles sagrados. Allí afilaron sus cuchillas y formaron en pelotones de diez; estiraron sus patas para la carrera y giraron sus cabezas para flexibilizar el movimiento de sus tijeras. En la otra dirección, las rojas esperaban agazapadas a la salida del túnel. Era obvio que las negras se alistaban para un contraataque. Las idiotas caerían en la emboscada final. Era un suicidio. Las antenas rojas empezaron a detectar los movimientos del enemigo. Los oficiales lanzaron la orden de alistar cuchillas y punzones: “carguen venenos y esperen a que aparezcan por las galerías, luego mátenlas sin misericordia”. “¡A todas!”. Siguió un momento de calma tensa; las negras empezaron el movimiento. Los guerreros rojos agitaron sus patitas delanteras impacientes al detectar el desplazamiento enemigo. La tensa espera se extendía más de lo debido. Los jefes del escuadrón rojo estaban desconcertados de no ver aparecer a sus oponentes en el portal. No sospechaban la jugada de Formicania de usar los túneles sagrados. Esperaron unos segundos interminables, y otros más, pero las negras no aparecieron. Algo no funcionaba, había movimientos en el enemigo pero aun así no aparecían. A menos que retrocedieran, pero ya no tenían dónde, excepto claro que usasen los túneles de agua. Pero eso no era una opción posible, estaba prohibido. Siquiera ellos que eran más pequeños osarían usar los túneles de agua. No podía ser que las negras lo hicieran, además, eran unas imbéciles incapaces de usar recursos imaginativos. Cuando los oficiales rojos por fin comprendieron la astuta jugada de las negras, ya era tarde. El escuadrón real se desplazaba a toda marcha hacia los túneles de agua. Las primeras negras se encaramaron por las paredes del túnel con facilidad. Afirmándose en los pequeños trozos de mármol que emergían sobre las paredes treparon rápido hacia la luz. Mientras se elevaban eran salpicados por los saltos de los arroyuelos que discurrían por las galerías. El sonido del agua retumbando en los socavones era desconocido para las guerreras. La sensación de paz y la belleza del túnel contrastaban con la idea que se habían formado de los túneles sagrados. Lejos de sus mortales enemigos, las guerreras del escuadrón real ascendían, cada vez más confiadas, a completar su misión casi ignorando que avanzaban de lleno a consumar el mayor pecado capital. A medida que avanzaban, con cada pisada, los trozos de mármol se movían levemente y el agua afloraba dando un brillo particular a las piedras. Los mármoles mojados reflejando la leve iluminación de la superficie, daban a la galería un aspecto mágico. El agua, al aflorar bajo los trozos de mármol, no tardó en descalzarlos. De pronto, uno de los bloques perdió sustento y se derrumbó estrepitosamente. El ruido ensordecedor de la piedra golpeando por las paredes y el splash final en el fondo del precipicio sobrecogió al escuadrón. Las filtraciones de agua generadas por el paso del escuadrón habían formado una laguna de considerable tamaño en lo profundo de la galería. Las guerreras miraron con asombro la caída del mármol y el espejo de agua en el fondo. Jamás habían visto una laguna. Sintieron miedo por primera vez. Luego de un momento de indecisión continuaron su ascenso. Otros dos enormes bloques se precipitaron bajo las combatientes y apenas un segundo más tarde un alud de piedras y agua barrió el borde de la galería arrastrando cientos de ellas hacia la profundidad de la cueva. Muchas quedaron enterradas en el barro, mientras otras, flotando en la laguna, clamaban por ayuda agitando inútilmente sus armaduras sobre las turbulentas aguas. Luego del alud inicial, el resto del escuadrón real se apretó junto a las paredes para no caer en el barro pero el peso terminó de descalzar las paredes y toda la galería principal se derrumbó en una avalancha de agua, barro y piedras. Una tras otra todas las galerías de las colonias comenzaron a derrumbarse bajo la fuerza del diluvio. Miles de cuerpos negros y ahora también los rojos, eran arrastrados sin remedio por las aguas. Anegados todos los túneles, los sobrevivientes caían a las aguas o eran empantanados y sepultados en el fango. La ira de Dios caía con toda la furia sobre los pecadores derramando el diluvio final sobre las colonias. En su reducto Formicania esperaba su postrer momento. Podía percibir en su verdadera magnitud la cólera de Dios por violar los mandamientos. Caro pagaba su blasfemia. Atribulada como estaba, no dejaba de preguntarse el motivo de semejante ensañamiento de su Dios. Después de todo, Tam era el Dios de la bondad. Él les había dado el agua y él los había creado. Pero ahora en su furia vengativa parecía cruel y violento a juzgar por el Armagedón que presenciaba. Impasible veía a los cuerpos pasar flotando a la deriva mientras trataban desesperadamente de asirse a los fragmentos de mármol que aun permanecían en las paredes de los túneles. Las aguas incontenibles se filtraban ahora hacia los pasillos circundantes. Todas las galerías se derrumbaban. Miles y miles de cuerpos negros y rojos eran aplastados o arrasados por los aluviones. Poco a poco las aguas penetraron en la sala de mando de Formicania rodeándola. Imperturbable, confundida y sin comprender, ya en sus últimos momentos, pero aferrada a su trono, derramó una última lágrima. ¿Por qué? Se preguntó. ¿Por qué?, y una ola enorme la barrió. Tom abrió la puerta y con un gesto de preocupación fue directo hacia su obra. Había notado en los últimos días la tremenda actividad destructiva de las colonias. En particular, las colonias rojas mostraban una agresividad inusitada. Miró a través del vidrio y observó con frustración la caída del acueducto principal y parte de las colonias flotando. Era evidente que algo había fallado. Varios túneles habían sido desbordados por el agua, otros derrumbados y miles de pequeños cuerpos yacían tirados, muertos o despedazados. Tomó el manual de instrucciones y se detuvo en el capítulo de “Restricciones al uso de las galerías de agua”. Sabía que el uso de los túneles de agua debía limitarse para evitar el colapso de las galerías. Le había dado carácter sagrado; lo había grabado en los cerebros y había impuesto penas severas a su violación. Miró su manual revisando con cuidado los procedimientos. Había seguido todos los pasos de acuerdo con las normas. El grabado en el cerebro había sido de hecho como un reaseguro extra y hasta innecesario. ¿Cómo podía explicar entonces el colapso de las tuberías de acceso del agua? Leyó nuevamente el rubro “pecados capitales y limitaciones”; eran menos de diez, tal como aconsejaba el manual. De hecho, para una organización sencilla de sólo dos especies dentro de un cubo de vidrio, con tres pecados capitales alcanzaba.
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