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Numero 29
Número 9
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Trad/Prof. Viviana Soler
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La guerra roja

Si hay un Dios,  no es como lo imaginamos

Los cinco guerreros rojos se movieron rápido sobre el lecho de hojarasca húmeda, ignorando el vaho insoportable que impregnaba el túnel. Avanzaron en zigzag hacia las nidadas grandes, cruzándose, casi sin tocarse, apenas rozando sus armaduras. Detuvieron su marcha sólo un instante para evaluar los destrozos: observaron los pequeños cuerpos traslúcidos de tinte rosado reptando lacerados entre otros miles de criaturas que empezaban a descomponerse entre las hojas. Esgrimiendo sus penachos de color se acercaron al borde del túnel y como siguiendo un ritual, armaron un círculo perfecto, desplegaron las antenas y las aproximaron lentas pero precisas. Bastó un leve y efímero contacto entre ellos para que toda la información recabada quedara compartida en sus cerebros. De allí en más, sus movimientos devendrían del análisis del mismo acervo de datos. De inmediato, como respondiendo a una orden, los cinco brigadistas formaron en escuadrón de ataque. Alineados en forma perfecta reiniciaron a la carrera su travesía: a la izquierda el más corpulento y mejor armado iba abriendo camino; apenas separados del líder, los otros cuatro, bastante más pequeños,  pero igualmente amenazadores con sus tijeras afiladas y sus punzones mortales, formaron en ángulo barriendo la totalidad de la galería. Marcharon al trote por el pasadizo hacia el próximo lecho, esquivaron los restos inermes y caminaron sobre cientos de cuerpos seccionados sin cabeza  que avanzaban tropezando contra las paredes desconociendo su condición de muertos.

Entrenado como estaba, el escuadrón  siguió al mismo agitado ritmo sin mostrar siquiera un atisbo de cansancio.  Recién  se detuvieron al llegar a la bifurcación del túnel, repitieron allí la ceremonia de la rueda, rozaron las antenas desplegadas una vez más y reanudaron su avance por el sendero. Tal fuesen máquinas de guerra, treparon la escarpada subida a la carrera. Cuanto más se acercaban a las nidadas grandes, muchos más muertos se interponían en el camino. Los centenares de cuerpos lisiados, otrora embriones por los que  hubiesen dado su propia vida apenas unas horas antes, eran ahora sólo un obstáculo; gimientes mutilados sobre los cuales había que caminar y aplastar si fuese necesario. De tanto en tanto se detenían contactando sus antenas y transmitiendo las percepciones de la catástrofe para luego proseguir. De pronto el túnel se abrió en una amplia galería. Contrastaban allí las paredes perfectas, labradas e incrustadas con mármoles, que remataban en una bóveda apenas iluminada. Insoportables efluvios de vapor agridulce descendían en oleadas esparciéndose en el aire. Diez escalones accedían a una plataforma sobre la cual yacían miles de pequeños bloques, el principal sustento de la colonia. El calor húmedo e intenso penetrando cada resquicio de la cámara derretía lentamente los bloques que esparcían un vaho  dulzón mientras derramaban una baba pegajosa sobre el pedestal. La vista era desoladora: miles de fragmentos gelatinosos yacían destrozados, esparcidos por doquier. Los cinco combatientes apoyaron sus pequeños brazos en las paredes de la bóveda. La destrucción de los túneles era un crimen mayor. La consigna de preservar los túneles estaba grabada en sus cerebros y la violación de esta regla se correspondía con un castigo ejemplar. La torpeza destructiva de los agresores crispó a los combatientes que comenzaron a emitir  un gorgoreo amenazador con sus mandíbulas mientras elevaban sus pinzas y penachos colorados. Desplegando sus armaduras  en señal de ataque recorrieron la bóveda en círculos deteniéndose ante cada bloque, inspeccionando los pocos embriones que aún permanecían intactos, palpando cada masa desperdigada de gelatina rosada. Cada pieza de información los aproximaba más y más al agresor. Uno tras otro, los testimonios los acercaban a un único y claro culpable…, las negras. Sólo las negras dejaban ese olor, sólo las negras atacaban los huevos, sólo las negras podían ser tan torpes de destruir los túneles.

La brigada, al unísono, desplegó sus tijeras rechinando las cuchillas afiladas mientras los punzones cargados de veneno se elevaron amenazantes. Con sus cabezas erguidas en son de ataque  iniciaron el regreso por el atajo, una  galería angosta y oscura, casi sin aire,  sin cuerpos tendidos, sin hojas, solo barro apisonado. Guiados por el tenue olor, el escuadrón regresaba de prisa hacia la base. El atajo se angostaba a cada zancada. De pronto los sensores percibieron las agitaciones del aire, apenas perturbado pero suficiente para hacer vibrar las antenas. Un olor casi imperceptible, pero inconfundible a la vez, llegó desde el fondo de las galerías. La cuadrilla se detuvo en seco; luego nada; otra vez avanzó la escuadra y otra vez vibraron las antenas,  y otra vez ese olor inconfundible. Los cinco guerreros detuvieron su marcha pasando el alerta: “tenemos tres negras en trayectoria”; “son tres grandes”; “enormes”; “las torpes están atascadas”. De inmediato, el grupo cambió su formación: los dos que formaban a la derecha trocaron su posición y pasaron a liderar la formación. Atrás,  formando en V con el líder, las más pequeñas organizaron las  alas y la  última, mejor armada, formó en la retaguardia.



 
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