| La carrera |
|
“No soporto ser el alimento de ambiciones ajenas” (A. Lerner) En ese momento sentí que la bandera bajaba para mí. La carrera había sido intensa y la imagen de la bandera indicando la llegada es, por cierto, todo un símbolo para quien lleva tanto tiempo preparándose en algo. En ese momento uno siente el aplauso de la gente, en particular, el de los que más nos quieren y nos esperan emocionados para abrazarnos y decirnos que al fin llegamos. En ese momento uno revive mentalmente las alegrías, las angustias, los nervios, los romances, las muertes, las noches de insomnio, los exámenes finales. En ese momento uno se reafirma ante el logro merecidamente ganado pero tambalea ante la incertidumbre por lo que vendrá. En ese momento uno recuerda frases fuertes como las palabras de mi padre insistiendo que siempre hay que tener metas y que cumplida una, ya debe estar esperándonos una nueva. Y en ese momento, uno no sólo siente sino que ve que esa bandera a cuadros baja indicando la llegada al final de la carrera.¿Pero es el final de la carrera? ¿O es el principio? ¿Acaso no es que todo gira y gira? Miro la pared y me cuesta darme cuenta en qué etapa de la carrera me encuentro ahora, está llena de cuadros: el título de la Universidad de Oxford, el de la Universidad de Leipzig, y los estudios en Barcelona. En otro sector, el cuadro del posgrado en Arkansas, abajo el de mi doctorado en Francia. La pared está llena de banderas bajadas en esta carrera que parece ser, nunca termina... Esa pared muestra toda mi carrera: una vida inquieta, ávida, incesante; y me reproduce el eco de la competencia en la que todos los corredores debemos exigirnos tanto para llegar a la meta final. Mi primera bandera de llegada fue cuando me recibí de psicólogo. Recuerdo que ese día me sentía tan fuerte y con al menos una herramienta más para sobrevivir. A diferencia de mis compañeros, tenía bien claro que no quería pacientes, ni consultorio de inmediato, sino seguir perfeccionándome y llegar a ser discípulo del Doctor Lacan. Mi meta era en ese momento por cierto lejana pero en ella estaban depositadas todas mis energías.Con gran expectativa conseguí una entrevista con uno de los integrantes de su equipo. La puntualidad y pulcritud fueron el sello distintivo el día de esa entrevista que, para mi sorpresa, no fue con un colaborador del Dr. Lacan sino con su secretaria, quien miró mi flamante título universitario y la única página que en ese entonces contenía todo mi currículo. Después me dijo con un discurso mecánico que mi título no era suficiente y que debía al menos llegar al título de licenciado para poder ingresar al equipo de estudio del Dr. Lacan. Con rostro de aceptación, le di la mano decorosamente y salí del centro de estudios lacanianos con la convicción de que en poco tiempo sería parte de él. Me preparé para llegar a la segunda bandera. Esta vez el circuito de la carrera iba a ser muy lejos de mi patria. El punto final era Oxford, hacia donde partí con ese sabor de tristeza por dejar a tanta gente querida, mis calles, mis rincones, y recuerdos. El lugar nuevo, las exigencias del estudio en un país diferente, con costumbres y gente diferentes, insumían casi todo mi tiempo, lo cual atenuaba la melancolía típica de quien está tan lejos de lo propio. Cuando me acercaba al circuito final de mis estudios de licenciatura, me apresuré a pedir una entrevista con el Dr. Lacan con la esperanza de ingresar esta vez a su centro de investigación. Pronto bajó la segunda bandera de llegada: el título de licenciado. El retorno a casa, la alegría del reencuentro con mi familia, amigos, rincones, amores significaba el mejor premio a una carrera que se había impuesto por momentos tan difícil. Llegó el día de mi entrevista en el centro del Dr. Lacan. Esta vez me recibió uno de sus asistentes, quien miró las dos páginas de mi currículo, advirtió la inclusión de mis colaboraciones en un congreso internacional y destacó efusivamente mis excelentes calificaciones en la Universidad de Oxford. Pero me devolvió el currículo, y con parquedad me dijo que mi preparación aún era insuficiente y que quizás un doctorado en uno de los centros psiquiátricos de Francia podría asegurar mi ingreso al grupo de investigación del Dr. Lacan. La ansiedad por iniciar una tercera carrera me dominó unos meses. La vejez de mis padres y la angustia por dejarlos tanto tiempo eran motivos muy fuertes como para decidir - sin analizarlo demasiado - una partida nueva. Pero llegué a Francia, y allí me radiqué durante cinco años hasta que bajó la tercera bandera de llegada: el doctorado en psicología. Es indescriptible todo lo que uno siente internamente cuando llega a esa meta, y más aún, en un país tan lejos de la tierra en que uno nació. El retorno a casa fue duro. Papá ya no estaba, la familia había cambiado, había sobrinos, casas nuevas en el barrio, vecinos nuevos, los amigos más viejos, no sé, el aire y el color también habían cambiado. Y esta vez, no pedí entrevista con el Dr. Lacan. En tantas carreras diferentes, uno va descubriendo con anticipación y sin que se lo digan, qué requisitos hay que tener para ingresar a centros de estudio de excelencia. Así es que mi intuición me adelantaba que todavía estaba pendiente la cuarta carrera: el postdoctorado. En esta cuarta carrera invertí todo mi tiempo, esta vez en Alemania. Partí, sintiéndome más indiferente al adiós y al abrazo fuerte que le damos a quienes queremos sin saber si se repetirá al volver. Así pasó el tiempo. El currículo fue armándose impecable, con publicaciones y colaboraciones con colegas distinguidos. Mientras tanto, la familia que cambiaba, la pérdida de mi amigo Sergio, la adolescencia de los sobrinos, la ruptura con ese amor que no pudo ser, y el devenir propio de estar vivo. Presentía la certeza de ser aceptado en el centro del Dr. Lacan. Muy atrás quedaba aquel primer día con una sola página de mi currículo y mi voz nerviosa ante la presentación frente a su secretaria. Hoy mis pasos eran firmes, convincentes, y sabía que no debía hablar, porque mi currículo prolijamente lo decía todo sobre mi carrera: psicólogo, licenciado en psicología, doctor en psicología, y un postdoctorado en Alemania. Sin mencionar mi asistencia y participación en un promisorio número de congresos nacionales e internacionales. A tono con mi experiencia, lo presentí, esta vez sí me recibió el Dr. Lacan. Me dio la mano parcamente, e intercambiamos algunas palabras antes de ir a lo nuestro. Me senté en uno de los sillones verdes que había en su despacho. Mientras él miraba mi currículo, tranquilo me dediqué a pasear por las paredes de ese lugar en las que colgaban también diplomas, títulos y certificados de muchísimos lugares de todo el mundo. El Dr. Lacan tenía anteojos, era de baja estatura, su rostro se veía jovial y de buen humor. Hizo algunas anotaciones en un pedazo de papel borrador sin formularme preguntas. Después de unos minutos de silencio, terminó de leer rápidamente mi currículo y con tono bajo de voz, me miró a los ojos y me dijo: “Sin dudas, su formación es excelente, pero... en este momento nosotros necesitamos gente joven”. Cuento extraído de: Vuelo en Armonía, V. Soler, Ed. Dunken, pp. 63-67, 2005. |
Misceláneas 
