Home Misceláneas La guerra roja
Numero 29
Número 9
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Trad/Prof. Viviana Soler
Prof. Elena Contardi
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Ing. Guillermo Sisul

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Diseño Gráfico
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La guerra roja - Página 2

Retrasadas y erradas en su rumbo, las tres infortunadas encerradas en la galería luchaban infructuosamente por atravesar el pequeño túnel. El costo del fatídico error lo pagarían de inmediato: la brigada roja se desplegó como una tromba mortal cayéndoles de improviso.  El par de la avanzada lanzó un golpe despiadado: a una velocidad extraordinaria les cayeron por detrás golpeándolas con sus escudos. Se deslizaron luego por entre las patas, hincaron sus garfios en los vientres blandos y se encaramaron luego hasta  colgarse de sus cuellos. Un sólo punzonazo y dos cortes certeros dejaron las cabezas casi dislocadas mientras  el dolor intenso de la ponzoña se esparcía  por sus cuerpos. Los movimientos se hicieron lentos y torpes hasta quedar  inmóviles. Desarmadas y sin chances de girar sus pinzas, se desplomaron. La escuadra roja avanzó implacable sobre los cuerpos inválidos.  El primer corte les seccionó el abdomen, luego las patas…., luego el fin. Los restos mutilados siguieron revolviéndose un rato antes de cesar  sus movimientos.

A su regreso, el escuadrón casi no se detuvo para cruzar el portal del comité. Los guardias bajaron sus espolones y se abrieron para darles paso. La noticia llegó al comité central de inmediato. Un furioso clamor se elevó en la sala: “hay que aniquilarlas y ahora”;  “atacar; eliminar; matar”,  bramó  desencajada la reina roja Macusa: “esto es más de lo que podemos soportar”; “hemos sido tolerantes y pacientes”. El clamor de matar se extendió como un reguero por la sala. El olor de muerte ganó los túneles y de inmediato el ejército  rojo comenzó a alistarse en las galerías.

La colonia de las negras superaba por millares a la de los rojos. Con sus cuerpos enormes, se movían, sin embargo, con lentitud, eran torpes y sus decisiones apenas elaboradas. Podían con sus potentes tenazas, partir en dos los pequeños cuerpos rojos. Pero éstos eran hábiles, rápidos, sanguinarios y maniobraban mejor en las galerías. Por sobre todo, los rojos tenían dos armas formidables, su poderoso veneno y la capacidad de compartir en sus cerebros la información adquirida. La antena conectora había sido la clave de su superioridad. Los cerebros cargados con la suma de todas las experiencias eran sin duda su mayor adquisición evolutiva, o, a decir de los rojos, la bendición divina del Dios Tam. ¿Qué debían retornar ellas a cambio? Sólo debían cumplir dos mandamientos: no violar los túneles sagrados ni mentir. Sólo dos mandamientos. ¿Por qué esos dos? ¿Por qué eran tan importantes? Sin duda, la obediencia de estos dos simples mandatos estaba grabada en el cerebro de todos los seres en ambas colonias. De todos, menos el de las reinas, Macusa y Formicania. Sólo ellas tenían la libertad de violar los mandamientos. Por supuesto que el libre albedrio no eludía las consecuencias de su violación: la muerte.

Uno tras otro formaron los escuadrones; los más feroces adelante. Más atrás, los cientos de miles de invasores se alinearon en una interminable fila. Acomodaron sus corazas y rechinaron sus armaduras calentándolas para la batalla. Detuvieron todo movimiento; cruzaron sus antenas; formaron las líneas mientras un pavoroso chirriar se elevó  por entre los túneles al tiempo que iniciaban  su marcha. ¡Por fin la batalla final se aproximaba!  ¡Por fin eliminarían a las negras de la colonia! El río rojo inició su marcha trepando las  galerías hacia las nidadas negras. Marcharon a paso rápido hasta que los túneles irregulares, los caminos sin alisar y los restos de bloques de mármol esparcidos indicaron la entrada a territorio negro.


 
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