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Aún estamos a tiempo

La UNESCO ha publicado recientemente la tercera antología de los Coloquios del Siglo XXI, titulada “Firmemos la Paz con la Tierra”. En dicha obra, científicos y expertos de reconocimiento mundial hacen una radiografía prospectiva de las crisis ecológicas a las que se encuentra sometido nuestro Planeta Tierra y paralelamente plantean propuestas de acciones vitales y perentorias.

El dictamen por infortunio es conocido y tema de declaraciones periodísticas y científicas: desertificación, deforestación, deterioro de los recursos hídricos y los océanos, degradación rápida de la biodiversidad, erosión y contaminación de suelos, agua y aire, aumento de la población, y actualmente es de relevante preocupación el cambio climático.

La desertificación, uno de los temas ambientales prioritarios, es definida en términos generales como la degradación de los suelos de las regiones áridas y semiáridas coligada a la reducción o pérdida de su productividad biológica o económica, proceso que afecta a más de un tercio de nuestro planeta. En casi todos los casos la desertificación es agravada o causada por las actividades humanas, representando uno de los desafíos más grandes para la sustentabilidad ambiental, la biodiversidad y la seguridad de millones de habitantes. Nuestro país no escapa a dicho fenómeno. En efecto, dos tercios de su superficie están bajo estas condiciones. Se trata de extensos territorios no cultivables denominados “pastizales” o “campos naturales” (términos conocidos en inglés como rangeland), cuyo aprovechamiento agropecuario depende de la utilización de la vegetación natural.

Una etapa más avanzada en la percepción de la degradación, es el perjuicio que, por mal manejo del aprovechamiento del sistema natural, puede causar al suelo. Es frecuente la presencia de extensos espacios con suelo desnudo, cuya superficie, sin su cobertura vegetal, tiende a aflojarse por la acción de las gotas de lluvia, la remoción del suelo para cultivos, el pisoteo de los animales, y por un limitado sistema radical superficial con poco efecto para retenerlo en su lugar. La falta total de cobertura vegetal se traduce siempre en la pérdida del horizonte superficial del suelo, por acción del viento y erosión hídrica laminar del agua de lluvia que corre por una superficie desnuda.

 Con la acentuada erosión del suelo, se altera el uso del agua que escapa a su destino de productividad primaria de la vegetación. Se alteran también los ciclos de nutrientes y energía, se perturba la provisión de sitios para la germinación y establecimiento de nuevas plantas. El sistema natural podrá transformarse a su tiempo en otro que podrá poseer pocas o ningún tipo de plantas. De este modo, más allá de un límite superior de pérdida de suelo, el ecosistema alcanzará un nivel de desertificación no reversible dado que muchos de los factores estructurales físicos, químicos y bióticos no existen más en el lugar. No hay retorno.

Volviendo entonces a la propuesta “Firmemos la paz con la Tierra” queda claro que algo tiene que cambiar en la explotación de sus recursos naturales. Hemos recibido como patrimonio este único y minúsculo planeta, que al presente aparece como un ecosistema en trance ante el ser humano. Las preguntas que surgen de inmediato son: ¿Hemos tomado conciencia de los desafíos que deberá hacer frente la humanidad en un futuro cercano para revolver las consecuencias sociales y políticas de continuar los modos actuales de agresión y explotación de sus recursos y ecosistemas naturales? ¿cuáles son las acciones concretas que deberían realizarse con la finalidad de suprimir el gran espacio que media entre la explotación desmedida y parasítica de sus recursos y la toma de conciencia y ética ecológica para armonizar un desarrollo económico sostenible, que asegure un mundo viable para nuestros descendientes?

La respuesta a estos desafíos tiene que ver con hacer más investigación y asumir una ética ecológica, escudriñando sobre todo aquello que nos conduzca a mejorar y preservar la calidad del medio ambiente, haciendo un uso racional de suelo.

Aún es posible para extensas áreas de nuestro país preservar o restaurar el sistema natural en pos de una estabilidad conservacionista, no meramente para asegurar la sustentabilidad de su industria agropecuaria sino para ir más allá, pactar para salvaguardar la calidad del suelo, el uso del agua y su rica biodiversidad para las generaciones futuras.

De lo contrario, de persistir la trayectoria existente en dos o tres generaciones el escenario será más nefasto aun y nos enfrentará con un desastre ambiental que puede llegar a ser imparable.

 

Extraído de “Aún Estamos a Tiempo”, AGRO-UNS 10: 14-19.
Autores: Osvaldo A. Fernández, Daniel V. Peláez y Mirta D. Mayor, 2008.


 
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