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Gustavo Appignanesi
- En mi relación con los demás ¿he sido consciente de que más allá de la construcción subjetiva que ha podido generar en el marco de sus circunstancias, el otro abriga una ingente belleza y potencialidad, aún cuando él no la exhiba, o a mí me cueste verla, o nunca logre aflorar?
- ¿He sido capaz de contemplar, juzgar y criticar la construcción subjetiva del otro sin dejar de sentir empatía por su potencia, por su (latente) belleza? ¿Soy capaz de reconocer estos dos niveles y de atenderlos simultáneamente en mi modo de relación?
- Si, cuando sustraído de la rutina y atento a mis más profundas nociones, considero que la construcción subjetiva del otro es insignificante frente a la vasta riqueza y potencialidad que abriga su naturaleza (aún cuando no la haya desarrollado), ¿aún permito que, en el día a día, la primera guíe mi modo de relacionarme con él?
- ¿Qué respeto más en el otro: lo accesorio, la cáscara, o lo esencial, esa profunda riqueza que a veces advierto en él o, incluso, aunque nunca la vea, siento que existe en él?
- ¿He sido consciente de que más allá de la reducción objetiva que realizo del mundo, el mismo es pletórico de belleza, de que en cada ser y cada cosa anida una ingente belleza y profundidad?
- ¿He podido trascender ese gris manto de reducción con que suelo cubrir al mundo? ¿He sido permeable a la belleza?
- Más allá de mirar, ¿he sido capaz de ver? ¿Será tan difícil transitar por el mundo en la condición de amante?
*test de “coherencia” para antes de la ducha, o para ir a dormir, o para el momento de despertarse o, idealmente, para cada instante del día. Yo me lo he pegado en el espejo del baño (a modo de verdadero espejo).
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