| Ciencia y política, una historia de amor y odio |
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Carlos Zotelo
Particularmente en el ámbito científico tecnológico, el mecanismo de Anticitera, la batería de Bagdad, la máquina de vapor de Herón de Alejandría o más recientemente el cohete V2, la bomba atómica o el satélite de comunicaciones, son claros ejemplos de la influencia persistente que los intereses políticos y económicos ejercen sobre el rumbo de las investigaciones. La ciencia moderna tiene carácter político pues no solo se enfrenta a recursos finitos y conocimiento incompleto, sino también, en democracias multiétnicas, al pluralismo ético y a demandas sociales. La ciencia depende de la política y esta se halla íntimamente relacionada con los intereses monetarios. Los científicos luchan por alcanzar una combinación entre apoyo político, económico y respeto por su independencia profesional. La falta de financiamiento para proyectos que no sigan las líneas consideradas estratégicas por los gobiernos locales o el desinterés de las empresas privadas por patrocinar ideas nuevas, que no vislumbren un rápido resultado monetario, acorralan a los científicos. Esta dependencia económica de la ciencia y el vertiginoso avance en las últimas décadas, hasta los límites de las investigaciones y desarrollos tecnológicos, conlleva la necesidad de una redefinición de los valores éticos. Temas como la clonación humana o el uso de células madre embrionarias han dividido la opinión en dos posturas en constante conflicto que sostienen simultáneamente que la ciencia debe mantenerse separada del contexto político, y que la política debe regular el desarrollo de la ciencia. En ese sentido, muchas voces han propuesto la regulación política de la ciencia mientras otras han predicado la separación categórica, abogando por la libertad de ideas. Así pues, los científicos debemos arbitrar entre una ciencia libre de valores morales y éticos cuyo fin es el conocimiento en sí mismo o concebir a la ciencia como una herramienta o cuestión política. Por caso, la meteorología, como tantas otras disciplinas modernas, no escapa a esta telaraña. En este contexto, las investigaciones científicas acerca del calentamiento global, el cambio climático y sus posibles escenarios futuros avanzan pero la política continúa atrapada en sus disputas internas. Es cierto que se han logrado avances. Algunos países como Argentina han ratificado su postura a través de la ley 25.438 que confirma su posición de cumplir las metas cuantitativas fijadas por el Protocolo de Kyoto, a pesar de no estar obligada. La creación de la Oficina Argentina del Mecanismo para un Desarrollo Limpio (OAMDL) es un claro ejemplo. Sin embargo, en líneas generales, la velocidad con la que se obtienen resultados de las investigaciones actuales contrasta con la lentitud de las decisiones políticas de fondo, tal como lo evidenció la ratificación del Protocolo de Kyoto, las reuniones de Montreal en 2005, Bali en 2007, Copenhague en 2009 o Acapulco un año más tarde. En años recientes, el creciente interés por el cambio climático, sus consecuencias e impactos a escala global, regional e incluso local, no ha pasado inadvertido por las esferas políticas y económicas. El ejemplo más claro es la creación del IPCC (Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático) por la ONU en 1988. Más aun, cuando en 2007 se otorgó el Premio Nobel de la Paz a Al Gore en representación del IPCC por los estudios sobre el cambio climático, la unión de la ciencia y la política fue más que evidente. En meteorología el letargo político en la toma de decisiones favorece el deterioro en las condiciones de habitabilidad y sustento de los ecosistemas. Es sabido que la temperatura media global en algunos momentos del pasado ha sido superior a la actual, que la concentración de dióxido de carbono ha exhibido valores similares a los presentes en algunos períodos de la historia del planeta. En el aspecto humano, ello genera una luz de esperanza para las generaciones futuras. Sin embargo, limitar el razonamiento únicamente a este punto es un error ya que una dilación en la definición de políticas locales y regionales que actúen a favor de defender las condiciones de vida empeña el futuro de la sociedad. Es así que temas como el uso intensivo del suelo, su degradación, la aplicación de nuevas técnicas de siembra, la manipulación genética de cultivos, la generación de fuentes de energía alternativa y sustentable y el diseño urbanístico, entre otros, deberían ser prioritarios. Si las esferas políticas continúan demorando la toma de medidas profundas, globales y locales sobre el cuidado del medio ambiente y mitigación de los efectos del cambio climático (sobre el recurso del agua potable, las zona productivas, cultivos, la desaparición de especies animales y vegetales, etc.), es posible que se produzcan cambios sustanciales en la sociedad y en sus actividades. La modificación del hábitat podría resultar para el hombre en un nuevo esquema social en el cual los valores actuales serán reemplazados por otros nuevos, disímiles, inclusive a aquellos que los políticos embravecidamente defienden hoy. Carlos Zotelo es licenciado en Ciencias de la Atmósfera, egresado de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires. Actualmente es profesional adjunto del Centro de Recursos Naturales Renovables de la Zona Semiárida (CONICET-UNS). |
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