| La guerra roja - Página 3 |
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Ante la inminencia de la batalla, los escuadrones de avanzada iniciaron la carrera. Tras ellos, la enorme fila roja se encaminó presurosa hacia el objetivo. Una columna destruiría las nidadas y la otra caería de lleno en su comité central. El fin de las negras se acercaba. El enorme ejército invasor se detuvo en el portal enemigo. Al unísono golpearon sus patas en el piso una vez. El sonido retumbó en las galerías. Como un gigantesco tambor, golpearon nuevamente sacudiendo los túneles. Muy cerca, las escuadras negras se aprestaban para la defensa. El tenso silencio en las filas negras solo era quebrado de tanto en tanto cuando alguna de ellas, invadida por el terror, hacia tiritar sus pinzas. Las que estaban en la primera línea defensiva abrieron sus pinzas al tiempo que la horda roja lanzaba su asalto. Los primeros atacantes cayeron entre las cuchillas negras para ser despedazados de inmediato. Los rojos lanzaron dos nuevos ataques y otra vez fueron destrozados en la entrada de las galerías. Mientras las negras desprendían los cuerpos seccionados de sus tijeras, los pequeños guerreros rojos se colaban por la defensa, pero eran detenidos en la retaguardia. Una tras otra las avanzadas eran atrapadas y destruidas entre las pinzas negras. La pérdida de los primeros escuadrones suicidas no amedrentó a los oficiales quienes dieron la orden de lanzar otra ofensiva. Las negras cruzaron sus pinzas cortándoles el avance. Embuidos de una brutal fiereza, los brigadistas rojos caían de a cientos. Muy pronto, sin embargo, las negras mostraron su talón de Aquiles: cada movimiento de las pinzas era terriblemente lento para detener la feroz embestida. De a poco, los primeros brigadistas colorados comenzaron a penetrar las defensas. La ferocidad de los atacantes empezaba a sentirse. Sus cabezas, aun cuando dislocadas, no dejaban de morder con saña hincando con su último hálito el veneno mortal. Las líneas negras comenzaron a ceder. Por fin los atacantes lograron forzar un corredor que quedó expedito para el avance y, de inmediato, en medio de una algarabía infernal, miles de invasores ganaron las galerías. El ejército rojo avanzaba ahora casi sin resistencia. Tras unos pocos minutos de batallas encarnizadas, las negras iniciaron su retirada a la carrera solo para ser alcanzadas y destrozadas. Miles de ellas caían presa de la mayor ofensiva roja jamás lanzada. El final era inminente. Las nidadas eran destruidas, los depósitos arrasados, los embriones despedazados. La ola de muerte se esparcía por los territorios saqueados. Con los tres últimos escuadrones defensivos aniquilados, se respiraba la inminencia del fin. La reina Formicania acomodó con sus manecillas su vientre sobre la mesa. Levantó la vista y dio un profundo suspiro. Las tres negras al mando de la retaguardia ajustaron sus chaquetas, se cuadraron y con voz grave anunciaron brevemente: “perdimos nuestras columnas”; “fueron aniquiladas”; “sólo queda el escuadrón real, mi reina”; “la defenderán hasta lo último”. El escuadrón real estaba formado por guerreras más pequeñas pero más aguerridas. Por lejos eran las más diestras de la colonia. Los gritos de dolor llegaban desde el fondo de las galerías. Sólo cuerpos desmembrados y desolación. Formicania llamó a sus edecanes pero ya nadie respondía. Por primera vez tomaba conciencia de la gravedad de la situación. “El escuadrón real”, murmuró, “el escuadrón real…”. Quizás aún podría arrancar una victoria con el escuadrón real. Quizás lanzando un golpe sorpresivo sobre el comando rojo. Desde la soledad de su derrota, Formicania pergeñaba su última, audaz y desesperada estrategia. Enviaría una columna por los túneles sagrados del agua, ascenderían a la luz, cruzarían el trayecto sobre la superficie y les caerían por sorpresa bajando por los corredores traseros directo sobre el comando rojo. Sólo necesitaba un escuadrón decidido a todo. Uno solo, el mejor entrenado, el escuadrón real. Seguro que la sorpresa jugaría de su lado. Los rojos nunca imaginarían un ataque por los túneles sagrados. Violarlos era el mayor sacrilegio, el camino de Tam; el ascenso hacia su sagrada residencia, a la luz y sus misterios. No había perdón posible para quienes violaran el primer mandamiento. Los dos mandamientos eran sencillos y precisos. Justo para esos pequeños cerebros: “no usarás los túneles sagrados”; “no mentirás”.
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