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Número 9
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Trad/Prof. Viviana Soler
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La guerra roja - Página 4

Formicania siempre había pensado que los mandamientos emanados de Tam tenían  en el fondo  el sentido de preservar la supervivencia de las colonias. La prohibición de usar los túneles sagrados resguardaba el vital suministro de agua y el de no mentir aseguraba contar con información exacta cada vez, indispensable para programar respuestas adecuadas. Para Formicania el mandamiento sobre la mentira aplicaba mejor a los rojos que compartían la información en sus cerebros. Era claro que si los rojos compartían una información falsa toda la colonia podía responder equivocadamente y eso podía llevar a una catástrofe de proporciones. Pero para las negras este mandato divino  no parecía tan necesario. Entonces, ¿por que deberían ellas soportar un mandamiento que estaba diseñado a la medida de los rojos? Los túneles sagrados en cambio eran el único suministro de agua. ¡Ni por error usarlos!  Estaba grabado en sus cerebros. Los transgresores pagarían con su vida. Era obvio que si los túneles sagrados se usaban como vía de transporte,  no sólo se ponía en riesgo la provisión de agua a las colonias sino que se corría el peligro de un catastrófico derrumbe y el fin de las colonias. Pero Formicania no pretendía usarlos como vía de transporte. Sus tropas pasarían por los túneles una única e irrepetible vez. No había entonces un fuerte  motivo para tanto exceso de prudencia con el agua.

Quedaba un problema sin embargo: ¿cómo convencer al comité central y a la columna de choque de semejante violación divina? Sólo una orden emanada del propio Tam podría justificar la violación. Formicania abrió los brazos y elevó una fervorosa plegaria  clamando por un gesto divino que la autorizase. “Tam debería escuchar la plegaria”, “debería escuchar”.  Cerró los ojos e inclinada sobre sí esperó la respuesta de su Dios. Sólo el silencio respondió. Repitió sus plegarias con pasión pero sólo retornó un prolongado silencio, de a ratos quebrado por los lamentos de dolor que llegaban de las galerías.

Formicania comenzó a persuadirse de que Tam no acudiría en su ayuda. Quizás Tam nunca aprobaría que las negras violaran el uso de los túneles y menos para usarlos contra los rojos, sus favoritos. Tam siempre había favorecido a los rojos. No era justo eso. Les había dado la memoria compartida y la superioridad militar. Además ahora, había dejado que las destrozaran sólo porque habían trasgredido los territorios rojos. Formicania comprendió que la orden para avanzar por los túneles sagrados debería ejecutarse pese a Tam. Formicania osaba discutir a Dios y sus designios divinos. Debería  inventar una autorización divina. Debería mentir deliberadamente sobre este punto. Sintió un alivio de tener el albedrio de mentir. Las presiones del imperio tenían su costo,  pero también sus prerrogativas. …,  por suerte. Sopesó su decisión con cuidado. La jugada entrañaba un enorme riesgo.  No sólo la continuidad del imperio sino su propia cabeza estaban en juego. Necesitaba el aval de sus acólitos para semejante violación.

Miró a los miembros del comité central  y  carraspeó antes de anunciar con voz grave: “las rojas están a las puertas, no nos queda mucho tiempo”; “si utilizamos los túneles sagrados todavía podemos caerles por la retaguardia y eliminarlas”. El anuncio de la posible victoria entusiasmó  al sector más dócil al poder de la reina: “ ¡iremos a la victoria de la mano de nuestra líder!”; “¡Formicania!”; “ ¡Formicania!”,  gritaron a coro. “No es tan legal, quizás deberíamos…., este , mirar si ..”, objetó Hemiptra tímidamente mientras se revolvía incómoda agitando su coraza como para tomar aire. Fulminantes, las miradas del comité en pleno le cayeron como un rayo. “¡Obsecuencia, obsecuencia!”, clamó Tyrania desde una de las alas del comité central. Hemiptra miró a Tyrania con desdén. Le costaba ver en esa desalineada figura la valiente comandante que había derrotado a las rojas en los inicios de la colonia. Ganada por los años, con su escudo deslucido que parecía a punto de caérsele por los flancos, toda la figura de Tyrania contrastaba con la esbelta y orgullosa guerrera que había conocido en su juventud. Las dos cabezas rojas que colgaban de su cuello, trofeos de sus victoriosas batallas, golpeaban ridículamente sobre su vientre voluminoso. Hemiptra insistió tratando de que el comité central  recapacitara sobre la atrocidad que se estaba por cometer. No tanto por el miedo a  la represalia divina,  sino porque avanzar con las tropas por los túneles sagrados podría ocasionar el derrumbe de los mismos.  “Va contra las leyes sagradas de Tam”, añadió Hemiptra en su último intento. Impaciente e irritada por la falta de servilismo que se escondía en la objeción, Formicania bramó: “ ¡el propio Tam me ordenó  usar sus túneles sagrados!”; “ ¡Tam está de nuestro lado!”; “ ¡Tam está de nuestro lado!”, repitió agitando descontrolada su armadura mientras apuntaba sus tijeras afiladas hacia la cabeza de la insurrecta. “Nos haces perder un tiempo precioso”. “¡Obediencia, obediencia!”, clamaron desde el ala opuesta las integrantes de la mayoría más servil del comité mientras retorcían sus escudos en señal de sumisión. Tyrania se levantó de su silla y se inclinó reverente hacia Formicania desplegando sobre el piso su escudo mientras avanzaba esbozando un grotesco serpenteo,  resabio sin duda de las reptaciones de su pasado larvario.


 
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